Saber estar solo

De todo cuanto se ha escrito después de que Ana Obregón se haya comprado un bebé, quizá lo más duro sean sus propias palabras. Ese «ya nunca volveré a estar sola» es mucho más terrible que cualquier otro planteamiento. La soledad no deseada es jodida, y una de las peores plagas de nuestro tiempo. No todo el mundo está hecho para verse sin más compañía que el silencio. Yo, por contra, soy de la misma creencia que Pascal, quien defendía que «todas las desgracias del hombre derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación». Si todos fuéramos capaces de estar quietos, si todos supiéramos estar solos, no habría hombres que pegan a su mujer cuando se va con otro, ni gente que se tira a la vías o se compra bebés en Miami alegando falta de atención. Es más, por no haber no habría ni Instagram, que es donde muchos anestesian ese vacío. Otra opción, para quienes Pascal sea mucho leer, estaría en la Biblia. Si todos cumpliéramos los diez mandamientos (once si aprovechamos el último) no harían falta semáforos, ni por supuesto pagar por la compañía.
