Mandarinas

Supongo que no soy nada original y que alguien habrá denunciado ya una de las grandes pérdidas de nuestro tiempo, así que seré breve: las mandarinas ya no saben a mandarina de la misma forma que para encontrar un tomate rico hace falta ser amigo de un horticultor jubilado o un hippy de ecofinca. Recuerdo que, cuando iba al colegio, los gajos de la mandarina tenían cierto brillo, la piel fina, y además servían para diferenciar entre los que comían en casa y los que lo hacían en el comedor. El amarillo que dejaba entre las uñas y los dedos –parecido al de los fumadores compulsivos de antes– fue el primer ejemplo de segregación que conocí en mi vida, antes incluso que los pantalones de marca o los abrigos Columbia. Ante la inminente disolución de Ciudadanos, propongo que alguien aproveche todo el atrezo naranja que les sobre y recoja firmas para lo realmente urgente: que los gajos de la mandarina dejen de ser como gomas de borrar.
