La marca del bañador

Hace cuatro años, un poco antes de que la pandemia nos ordenase las prioridades, una consultora realizó un estudio según el cual cuatro de cada diez españoles sufren depresión posvacacional. El 60 % restante, aunque se libra de la depresión, sí presenta cuadros de estrés o fatiga cuando retoma las obligaciones. Lo contrario sería extraño, pienso yo. Las vacaciones son un simulacro de la vida misma justamente por eso: porque aunque sabes que tienen un final, las vives como si no lo hubiera. Las esperas nueve meses, lo que dura un embarazo, y entras en ellas con ansia. Aprendes, conoces, te llenas la vista… y terminas el último día arrastrando los pies y la pena por aquellos lugares donde fuiste feliz. La herencia que te queda es la marca del bañador, recuerdo perecedero de aquellos días en los que solo te preocupaba llegar tarde a la puesta de sol. Son momentos donde tu universo cabe en una docena de personas y donde la mayor victoria es que te guarden una hamaca junto a la guapa del barco. No-pasa-nada por volver. La marca del moreno dura lo que las pintadas en el asfalto del Tour, y no por ello dejamos de mirarlas.
