La lista de la compra

Hace ya unas semanas, a la vicepresidenta del Gobierno se le ocurrió la idea de topar el precio de una serie de productos básicos. La ocurrencia obedece más a un acto de promoción personal que a un deseo realizable. Pues lo que a ella le puede parecer una genialidad -crear una lista de la compra al margen de la inflación- al presidente seguramente le produzca sonrojo: no es lo mismo ponerle una pegatina del Gobierno de España a las vacunas de Pfizer que a una cartilla de racionamiento. Por otro lado estaría la discusión para ver qué productos entran en el arca de Noé de los protegidos. Hay muchas sensibilidades que atender ahí. La leche con o sin lactosa, la tortilla con o sin cebolla. Tengo amigos que han llegado al metro noventa sin comer fruta, pero que no perdonan ni un día sin Listerine o sin gomina. El pecado original detrás de todo esto, bromas aparte, está en la costumbre de nuestros gobernantes de hacer una política reactiva en vez de proactiva. Nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Y de la lista de la compra cuando parece una multa de tráfico.
