Ir a Ikea

Cuando llega el otoño, figura entre los planes predilectos de mucha gente ir al IKEA «a dar una vuelta». Nos gusta, supongo, por la misma razón que había más de un millón de personas que veían 'Mi casa es la tuya' en Telecinco: porque nos gusta meternos en el salón de los demás. IKEA es un placer culposo: ves muebles modernos, casitas ya hechas, y a lo mejor compruebas con cierto orgullo que la tuya es más grande, algo que reconforta en casi cualquier esfera de la vida. Hay otros que van únicamente por las albóndigas o el codillo de la cafetería, que tiene ya tanto público (al menos en Madrid) como los pollos de Casa Mingo. Sin embargo, se obvia muchas veces la aplicación marital que tiene una visita al IKEA, y que podría sustituir perfectamente a cualquier cursillo prematrimonial. No te quedes con quien te mire como Homer a sus rosquillas, quédate con aquel a quien no quieras estrangular mientras montas una cómoda con joyero. Si tras acertar con el mueble y cargar con él por la escalera consigues atornillarlo sin desarrollar pulsiones homicidas para con el otro/a, no lo dudes: es la buena.
