Impuesto al miedo

Le atribuyen a Benjamin Franklin una frase que es rigurosamente cierta: «En este mundo solo hay dos cosas seguras: la muerte y pagar impuestos». En España el Estado cobra si te gastas el dinero, si lo ahorras, si te compras una casa, si la vendes, si permaneces en ella o incluso si te mueres y la heredan tus hijos, lo cual te permite cumplir en cuestión de días con las dos certezas que enumeraba Franklin. Es un rodillo imparable que ahora que llega la Navidad afina su versión más sigilosa: el impuesto al miedo. Este tributo, al contrario que alguno de los anteriores, no es obligatorio pagarlo. Tiene forma rectangular, y es ese décimo que compras en el trabajo porque «joder como le toque a todos menos a mí». Ese impuesto al miedo (también a la envidia del Audi que se pueda comprar tu compañero de mesa) recauda cada 22 de diciembre unos 1.200 millones de euros, que es dos veces el presupuesto base del ministerio de Igualdad. Es como si cada español, desde el último en nacer hasta el próximo en irse, pusiéramos 25 euros al bote común. Y a nadie le duele esa derrama, porque es voluntaria.
