Confieso que

Confieso que llego tarde a esto de opinar sin que nadie me pregunte. Hace poco unos amigos concertaron que para alcanzar cierto estatus en el oficio del columnismo necesitas de un padrino -un opinador veterano que levante el pulgar por ti- y de una cuadrilla de compañeros lo suficientemente amplia para que, a fuerza de repetir los unos de los otros que somos buenísimos, avanzar en esto practicando una especie de formación tortuga. Confieso desde ya que no valgo para lo uno ni para lo otro. No tengo mentor ni cuadrilla. Tampoco construyo a mi alrededor una pose de hedonista y lector. Hago deporte, se me ven todavía los abdominales y no me procuro resacas entre semana como marcan algunos códigos de la neoprosa. Confieso que no me gusta Chaves Nogales, que le entré como casi todos por la biografía de Belmonte, y que me aburrió quizá por leerla coincidiendo con las etapas llanas del Tour de Francia. Añado a esto que apenas escucho rock, que de lunes a viernes visto con náuticos y que sólo bebí Negroni una vez en la vida, y que lo hice para ganarme a una chica con la que ya ni trato.
